(Edimburgo, 1711 - id., 1776) Filósofo británico.
Es el último de los grandes representantes del empirismo inglés, amplia
corriente filosófica en que lo precedieron Francis Bacon, John Locke y George
Berkeley. Nacido en el seno de una familia emparentada con la aristocracia,
aunque de modesta fortuna, David Hume estudió durante un tiempo leyes en la Universidad
de Edimburgo por voluntad de su familia, pero su falta de interés determinó que
abandonara la carrera y se viese obligado a buscar la manera de ganarse la
vida.
David Hume
Tras una breve tentativa de iniciarse en el
comercio, decidió dedicarse al estudio. En 1734 marchó a Francia, donde pasó
tres años, la mayor parte de ellos en La Flèche, dedicado a la redacción de su
primera obra, Tratado de la naturaleza humana, que completó tras su regreso a
Londres y se empezó a publicar en 1739. El tratado no despertó ningún interés,
y Hume se retiró a la casa familiar en Ninewells.
La favorable acogida que obtuvo la publicación en
Edimburgo de la primera parte de sus Ensayos morales y políticos en 1742, le
hizo olvidar su primer fracaso. Trabajó como preceptor del marqués de Annandale
(1745-1746) y luego como secretario del general St. Clair (1746-1748), a quien
acompañó en misión diplomática a Viena y Turín. Nombrado bibliotecario del
Colegio de Abogados de Edimburgo, emprendió la redacción de una historia de
Inglaterra, que publicó desde 1754 hasta 1762 en varias entregas, algunas
bastante mal recibidas por la burguesía liberal.
En 1763 aceptó la invitación de lord Hertford de
incorporarse a la embajada en París, ciudad donde residió hasta 1766 y en la
que se relacionó con Jean-Jacques Rousseau y los enciclopedistas Diderot y
D'Alembert. En 1769 regresó definitivamente a Edimburgo con el propósito de
disfrutar de la fortuna que le habían proporcionado tanto sus cargos como,
finalmente, sus obras.
Se ha considerado a Hume como uno de los máximos
representantes del llamado empirismo inglés; su análisis crítico del
conocimiento, que ejerció sobre Kant una decisiva y reconocida influencia,
insistió en la importancia de investigar el origen de las ideas, que él entendía
como copias o imágenes de las impresiones (sensaciones, pasiones, emociones).
Hume concibió el razonamiento como la actividad de descubrir relaciones entre
ideas, que podían ser de dos tipos: las existentes entre hechos (objeto del
razonamiento probable, fundado en la experiencia) y relaciones entre ideas
(objeto del razonamiento demostrativo, basado en el principio de no
contradicción).
Estimando imposible cualquier otra forma de
razonamiento, lo que suponía rechazar como falsas las proposiciones de la
metafísica o la teología, sometió a crítica toda clase de ideas, y refutó en
especial las de sustancia, existencia y relación causal. Respecto de esta
última, sin negar la posibilidad de que exista una causalidad real, afirmó que
era imposible conocerla: el origen de la idea de causa hay que buscarlo, por
tanto, en el hábito psicológico de percibir determinadas sensaciones de forma
simultánea o sucesiva, sin que dicha idea encierre ninguna necesidad lógica o
racional.
(Wrington, Somerset, 1632 - Oaks, Essex, 1704)
Pensador británico, uno de los máximos representantes del empirismo inglés, que
destacó especialmente por sus estudios de filosofía política. Este hombre
polifacético estudió en la Universidad de Oxford, en donde se doctoró en 1658.
Aunque su especialidad era la medicina y mantuvo relaciones con reputados
científicos de la época (como Isaac Newton), John Locke fue también
diplomático, teólogo, economista, profesor de griego antiguo y de retórica, y
alcanzó renombre por sus escritos filosóficos, en los que sentó las bases del
pensamiento político liberal.
John Locke
Locke se acercó a tales ideas como médico y
secretario que fue del conde de Shaftesbury, líder del partido Whig, adversario
del absolutismo monárquico en la Inglaterra de Carlos II y de Jacobo II.
Convertido a la defensa del poder parlamentario, el propio Locke fue perseguido
y tuvo que refugiarse en Holanda, de donde regresó tras el triunfo de la
«Gloriosa Revolución» inglesa de 1688.
Locke fue uno de los grandes ideólogos de las
élites protestantes inglesas que, agrupadas en torno a los whigs, llegaron a
controlar el Estado en virtud de aquella revolución; y, en consecuencia, su
pensamiento ha ejercido una influencia decisiva sobre la constitución política
del Reino Unido hasta la actualidad. Defendió la tolerancia religiosa hacia todas
las sectas protestantes e incluso a las religiones no cristianas; pero el
carácter interesado y parcial de su liberalismo quedó de manifiesto al excluir
del derecho a la tolerancia tanto a los ateos como a los católicos (siendo el
enfrentamiento de estos últimos con los protestantes la clave de los conflictos
religiosos que venían desangrando a las islas Británicas y a Europa entera).
En su obra más trascendente, Dos ensayos sobre el
gobierno civil (1690), sentó los principios básicos del constitucionalismo
liberal, al postular que todo hombre nace dotado de unos derechos naturales que
el Estado tiene como misión proteger: fundamentalmente, la vida, la libertad y
la propiedad. Partiendo del pensamiento de Thomas Hobbes, Locke apoyó la idea
de que el Estado nace de un «contrato social» originario, rechazando la
doctrina tradicional del origen divino del poder; pero, a diferencia de Hobbes,
argumentó que dicho pacto no conducía a la monarquía absoluta, sino que era
revocable y sólo podía conducir a un gobierno limitado.
La autoridad de los Estados resultaba de la
voluntad de los ciudadanos, que quedarían desligados del deber de obediencia en
cuanto sus gobernantes conculcaran esos derechos naturales inalienables. El
pueblo no sólo tendría así el derecho de modificar el poder legislativo según
su criterio (idea de donde proviene la práctica de las elecciones periódicas en
los Estados liberales), sino también la de derrocar a los gobernantes
deslegitimados por un ejercicio tiránico del poder (idea en la que se apoyarían
Thomas Jefferson y los revolucionarios norteamericanos para rebelarse e
independizarse de Gran Bretaña en 1776, así como la burguesía y el campesinado
de Francia para alzarse contra el absolutismo de Luis XVI en la Revolución
Francesa).
Locke defendió la separación de poderes como forma
de equilibrarlos entre sí e impedir que ninguno degenerara hacia el despotismo;
pero, por inclinarse por la supremacía de un poder legislativo representativo
de la mayoría, se puede también considerar a John Locke como un teórico de la
democracia, hacia la que acabarían evolucionando los regímenes liberales. Por
legítimo que fuera, sin embargo, ningún poder debería sobrepasar determinados
límites (de ahí la idea de ponerlos por escrito en una Constitución). Este tipo
de ideas inspirarían al liberalismo anglosajón (reflejándose puntualmente en
las constituciones de Gran Bretaña y Estados Unidos) e, indirectamente, también
al del resto del mundo (a través de ilustrados franceses, como Montesquieu,
Voltaire y Rousseau).
Menos incidencia tuvo el pensamiento propiamente
filosófico de Locke, basado en una teoría del conocimiento empirista inspirada
en Francis Bacon y en René Descartes. Al igual que Hobbes, John Locke
profundizó en el empirismo de Bacon y rechazó la teoría cartesiana de las ideas
innatas; a la refutación de tal teoría dedicó la primera parte de su Ensayo
sobre el entendimiento humano (1690). Según Locke, la mente humana nace tamquam
tabula rasa; es decir, en el momento de su nacimiento, la mente de un niño carece
de ideas: es como un papel en blanco en el que no hay ninguna idea escrita
(Descartes afirmaba que contenía ideas innatas, como por ejemplo la idea de
Dios).
Todas las ideas proceden de la experiencia, y de
la experiencia procede todo nuestro conocimiento. Experiencia no significa
únicamente en Locke experiencia externa; igual que percibimos el exterior (por
ejemplo, el canto de un pájaro), percibimos nuestro interior (por ejemplo, que
estamos furiosos). En consecuencia, dos son los ámbitos de la experiencia: el
mundo exterior, captado por la sensación, y el de la conciencia o interior,
captado por la reflexión.
De este modo, cuando John Locke y los empiristas
en general hablan de ideas, no se refieren a ideas en el sentido platónico, ni
tampoco a conceptos del entendimiento, sino a contenidos de la conciencia, es
decir, a la impronta que han dejado en la misma una sensación o una reflexión.
Hay ideas simples que se adquieren tanto en la sensación (alto, dulce, rojo)
como en la reflexión (placer, duda, deseo); e ideas complejas que se forman a
partir de las simples, merced a la actividad del sujeto. Hay una gran variedad
de ideas complejas, pero pueden reducirse a las de sustancia, modo y relación,
que son paralelas a los elementos del juicio: sujeto, predicado y cópula; no en
vano es el juicio la actividad sintética por excelencia del entendimiento.
Por la sensación no conocemos la sustancia de las
cosas, y puesto que, conforme a las premisas de Locke, todo lo que llega al
entendimiento pasa por los sentidos, tampoco podemos conocerla por el
entendimiento. Por la sensación sólo percibimos las cualidades de las cosas,
cualidades que pueden ser primarias y secundarias. Las cualidades primarias son
las que se refieren a la extensión y al movimiento con sus respectivas
propiedades y son captadas por varios sentidos.
La cualidades secundarias, tales como el color, el
sonido o el sabor, son percibidas por un solo sentido. Las cualidades primarias
tienen valor objetivo y real, es decir, existen tal como las percibimos, pero
las cualidades secundarias, aunque sean causadas por las cosas exteriores, son
subjetivas por el modo en que las percibimos: más que cualidades de las cosas,
son reacciones del sujeto a estímulos recibidos de ellas. Para Locke, la sustancia
no es cognoscible, aunque es posible admitir su existencia como sustrato o
sostén de las cualidades primarias y como causa de las secundarias.
El primero de los ismos filosóficos de la
modernidad fue el racionalismo; Descartes, su iniciador, se propuso hacer tabla
rasa de la tradición y construir un nuevo edificio sobre la base de la razón y
con la eficaz metodología de las matemáticas. Su «duda metódica» no cuestionó a
Dios, sino todo lo contrario; sin embargo, al igual que Galileo, hubo de sufrir
la persecución a causa de sus ideas.
Biografía
René Descartes se educó en el colegio jesuita de
La Flèche (1604-1612), por entonces uno de los más prestigiosos de Europa,
donde gozó de un cierto trato de favor en atención a su delicada salud. Los
estudios que en tal centro llevó a cabo tuvieron una importancia decisiva en su
formación intelectual; conocida la turbulenta juventud de Descartes, sin duda
en La Flèche debió cimentarse la base de su cultura. Las huellas de tal
educación se manifiestan objetiva y acusadamente en toda la ideología
filosófica del sabio.
El programa de estudios propio de aquel colegio
(según diversos testimonios, entre los que figura el del mismo Descartes) era
muy variado: giraba esencialmente en torno a la tradicional enseñanza de las
artes liberales, a la cual se añadían nociones de teología y ejercicios
prácticos útiles para la vida de los futuros gentilhombres. Aun cuando el
programa propiamente dicho debía de resultar más bien ligero y orientado en
sentido esencialmente práctico (no se pretendía formar sabios, sino hombres
preparados para las elevadas misiones políticas a que su rango les permitía
aspirar), los alumnos más activos o curiosos podían completarlos por su cuenta
mediante lecturas personales.
Años después, Descartes criticaría amargamente la
educación recibida. Es perfectamente posible, sin embargo, que su descontento
al respecto proceda no tanto de consideraciones filosóficas como de la natural
reacción de un adolescente que durante tantos años estuvo sometido a una
disciplina, y de la sensación de inutilidad de todo lo aprendido en relación
con sus posibles ocupaciones futuras (burocracia o milicia). Tras su etapa en
La Flèche, Descartes obtuvo el título de bachiller y de licenciado en derecho
por la facultad de Poitiers (1616), y a los veintidós años partió hacia los
Países Bajos, donde sirvió como soldado en el ejército de Mauricio de Nassau.
En 1619 se enroló en las filas del Maximiliano I de Baviera.
Según relataría el propio Descartes en el Discurso
del Método, durante el crudo invierno de ese año se halló bloqueado en una
localidad del Alto Danubio, posiblemente cerca de Ulm; allí permaneció
encerrado al lado de una estufa y lejos de cualquier relación social, sin más
compañía que la de sus pensamientos. En tal lugar, y tras una fuerte crisis de
escepticismo, se le revelaron las bases sobre las cuales edificaría su sistema
filosófico: el método matemático y el principio del cogito, ergo sum. Víctima
de una febril excitación, durante la noche del 10 de noviembre de 1619 tuvo
tres sueños, en cuyo transcurso intuyó su método y conoció su profunda vocación
de consagrar su vida a la ciencia.
Supuesto retrato de Descartes
Tras renunciar a la vida militar, Descartes viajó
por Alemania y los Países Bajos y regresó a Francia en 1622, para vender sus
posesiones y asegurarse así una vida independiente; pasó una temporada en
Italia (1623-1625) y se afincó luego en París, donde se relacionó con la
mayoría de científicos de la época.
En 1628 decidió instalarse en Holanda, país en el
que las investigaciones científicas gozaban de gran consideración y, además, se
veían favorecidas por una relativa libertad de pensamiento. Descartes consideró
que era el lugar más favorable para cumplir los objetivos filosóficos y
científicos que se había fijado, y residió allí hasta 1649.
Los cinco primeros años los dedicó principalmente
a elaborar su propio sistema del mundo y su concepción del hombre y del cuerpo
humano. En 1633 debía de tener ya muy avanzada la redacción de un amplio texto
de metafísica y física titulado Tratado sobre la luz; sin embargo, la noticia
de la condena de Galileo le asustó, puesto que también Descartes defendía en
aquella obra el heliocentrismo de Copérnico, opinión que no creía censurable
desde el punto de vista teológico. Como temía que tal texto pudiera contener
teorías condenables, renunció a su publicación, que tendría lugar póstumamente.
En 1637 apareció su famoso Discurso del método,
presentado como prólogo a tres ensayos científicos. Por la audacia y novedad de
los conceptos, la genialidad de los descubrimientos y el ímpetu de las ideas,
el libro bastó para dar a su autor una inmediata y merecida fama, pero también por
ello mismo provocó un diluvio de polémicas, que en adelante harían fatigosa y
aun peligrosa su vida.
Descartes proponía en el Discurso una duda
metódica, que sometiese a juicio todos los conocimientos de la época, aunque, a
diferencia de los escépticos, la suya era una duda orientada a la búsqueda de
principios últimos sobre los cuales cimentar sólidamente el saber. Este
principio lo halló en la existencia de la propia conciencia que duda, en su
famosa formulación «pienso, luego existo». Sobre la base de esta primera
evidencia pudo desandar en parte el camino de su escepticismo, hallando en Dios
el garante último de la verdad de las evidencias de la razón, que se
manifiestan como ideas «claras y distintas».
El método cartesiano, que Descartes propuso para
todas las ciencias y disciplinas, consiste en descomponer los problemas
complejos en partes progresivamente más sencillas hasta hallar sus elementos
básicos, las ideas simples, que se presentan a la razón de un modo evidente, y
proceder a partir de ellas, por síntesis, a reconstruir todo el complejo,
exigiendo a cada nueva relación establecida entre ideas simples la misma
evidencia de éstas. Los ensayos científicos que seguían al Discurso ofrecían un
compendio de sus teorías físicas, entre las que destaca su formulación de la
ley de inercia y una especificación de su método para las matemáticas.
Los fundamentos de su física mecanicista, que
hacía de la extensión la principal propiedad de los cuerpos materiales, fueron
expuestos por Descartes en las Meditaciones metafísicas (1641), donde
desarrolló su demostración de la existencia y la perfección de Dios y de la
inmortalidad del alma, ya apuntada en la cuarta parte del Discurso del método.
El mecanicismo radical de las teorías físicas de Descartes, sin embargo,
determinó que fuesen superadas más adelante.
Conforme crecía su fama y la divulgación de su
filosofía, arreciaron las críticas y las amenazas de persecución religiosa por
parte de algunas autoridades académicas y eclesiásticas, tanto en los Países
Bajos como en Francia. Nacidas en medio de discusiones, las Meditaciones
metafísicas habían de valerle diversas acusaciones promovidas por los teólogos;
algo por el estilo aconteció durante la redacción y al publicar otras obras
suyas, como Los principios de la filosofía (1644) y Las pasiones del alma
(1649).
Descartes con la reina Cristina de Suecia
Cansado de estas luchas, en 1649 Descartes aceptó
la invitación de la reina Cristina de Suecia, que le exhortaba a trasladarse a
Estocolmo como preceptor suyo de filosofía. Previamente habían mantenido una
intensa correspondencia, y, a pesar de las satisfacciones intelectuales que le
proporcionaba Cristina, Descartes no fue feliz en "el país de los osos,
donde los pensamientos de los hombres parecen, como el agua, metamorfosearse en
hielo". Estaba acostumbrado a las comodidades y no le era fácil levantarse
cada día a las cuatro de la mañana, en plena oscuridad y con el frío invernal
royéndole los huesos, para adoctrinar a una reina que no disponía de más tiempo
libre debido a sus obligaciones. Los espartanos madrugones y el frío pudieron
más que el filósofo, que murió de una pulmonía a principios de 1650, cinco
meses después de su llegada.
La filosofía de Descartes
Descartes es considerado como el iniciador de la
filosofía racionalista moderna por su planteamiento y resolución del problema
de hallar un fundamento del conocimiento que garantice su certeza, y como el
filósofo que supone el punto de ruptura definitivo con la escolástica. En el
Discurso del método (1637), Descartes manifestó que su proyecto de elaborar una
doctrina basada en principios totalmente nuevos procedía del desencanto ante
las enseñanzas filosóficas que había recibido.
Convencido de que la realidad entera respondía a
un orden racional, su propósito era crear un método que hiciera posible
alcanzar en todo el ámbito del conocimiento la misma certidumbre que
proporcionan en su campo la aritmética y la geometría. Su método, expuesto en
el Discurso, se compone de cuatro preceptos o procedimientos: no aceptar como
verdadero nada de lo que no se tenga absoluta certeza de que lo es; descomponer
cada problema en sus partes mínimas; ir de lo más comprensible a lo más
complejo; y, por último, revisar por completo el proceso para tener la
seguridad de que no hay ninguna omisión.
René Descartes
El sistema utilizado por Descartes para cumplir el
primer precepto y alcanzar la certeza es «la duda metódica». Siguiendo este
sistema, Descartes pone en tela de juicio todos sus conocimientos adquiridos o
heredados, el testimonio de los sentidos e incluso su propia existencia y la
del mundo. Ahora bien, en toda duda hay algo de lo que no podemos dudar: de la
misma duda. Dicho de otro modo, no podemos dudar de que estamos dudando.
Llegamos así a una primera certeza absoluta y evidente que podemos aceptar como
verdadera: dudamos.
Pienso, luego existo
La duda, razona entonces Descartes, es un
pensamiento: dudar es pensar. Ahora bien, no es posible pensar sin existir. La
suspensión de cualquier verdad concreta, la misma duda, es un acto de
pensamiento que implica inmediatamente la existencia del "yo" pensante.
De ahí su célebre formulación: pienso, luego existo (cogito, ergo sum). Por lo
tanto, podemos estar firmemente seguros de nuestro pensamiento y de nuestra
existencia. Existimos y somos una sustancia pensante, espiritual.
A partir de ello elabora Descartes toda su
filosofía. Dado que no puede confiar en las cosas, cuya existencia aún no ha
podido demostrar, Descartes intenta partir del pensamiento, cuya existencia ya
ha sido demostrada. Aunque pueda referirse al exterior, el pensamiento no se
compone de cosas, sino de ideas sobre las cosas. La cuestión que se plantea es
la de si hay en nuestro pensamiento alguna idea o representación que podamos
percibir con la misma «claridad» y «distinción» (los dos criterios cartesianos
de certeza) con la que nos percibimos como sujetos pensantes.
Clases de ideas
Descartes pasa entonces a revisar todos los
conocimientos que previamente había descartado al comienzo de su búsqueda. Y al
reconsiderarlos observa que las representaciones de nuestro pensamiento son de
tres clases: ideas «innatas», como las de belleza o justicia; ideas
«adventicias», que proceden de las cosas exteriores, como las de estrella o
caballo; e ideas « ficticias», que son meras creaciones de nuestra fantasía,
como por ejemplo los monstruos de la mitología.
René Descartes
Las ideas «ficticias», mera suma o combinación de
otras ideas, no pueden obviamente servir de asidero. Y respecto a las ideas
«adventicias», originadas por nuestra experiencia de las cosas exteriores, es
preciso obrar con cautela, ya que no estamos seguros de que las cosas
exteriores existan. Podría ocurrir, dice Descartes, que los conocimientos
«adventicios», que consideramos correspondientes a impresiones de cosas que
realmente existen fuera de nosotros, hubieran sido provocados por un «genio
maligno» que quisiera engañarnos. O que lo que nos parece la realidad no sea
más que una ilusión, un sueño del que no hemos despertado.
Del Yo a Dios
Pero al examinar las ideas «innatas», sin
correlato exterior sensible, encontramos en nosotros una idea muy singular,
porque está completamente alejada de lo que somos: la idea de Dios, de un ser
supremo infinito, eterno, inmutable, perfecto. Los seres humanos, finitos e
imperfectos, pueden formar ideas como la de "triángulo" o
"justicia". Pero la idea de un Dios infinito y perfecto no puede
nacer de un individuo finito e imperfecto: necesariamente ha sido colocada en
la mente de los hombres por la misma Providencia. Por consiguiente, Dios existe;
y siendo como es un ser perfectísimo, no puede engañarse ni engañarnos, ni
permitir la existencia de un «genio maligno» que nos engañe, haciéndonos creer
que es real un mundo que no existe. El mundo, por lo tanto, también existe. La
existencia de Dios garantiza así la posibilidad de un conocimiento verdadero.
Esta demostración de la existencia de Dios
constituye una variante del argumento ontológico empleado ya en el siglo XII
por San Anselmo de Canterbury, y fue duramente atacada por los adversarios de
Descartes, que lo acusaron de caer en un círculo vicioso: para demostrar la
existencia de Dios y así garantizar el conocimiento del mundo exterior se
utilizan los criterios de claridad y distinción, pero la fiabilidad de tales
criterios se justifica a su vez por la existencia de Dios. Tal crítica apunta
no sólo a la validez o invalidez del argumento, sino también al hecho de que
Descartes no parece aplicar en este punto su propia metodología.
Res cogitans y res extensa
Admitida la existencia del mundo exterior,
Descartes pasa a examinar cuál es la esencia de los seres. Introduce aquí su
concepto de sustancia, que define como aquello que «existe de tal modo que sólo
necesita de sí mismo para existir». Las sustancias se manifiestan a través de
sus modos y atributos. Los atributos son propiedades o cualidades esenciales
que revelan la determinación de la sustancia, es decir, son aquellas
propiedades sin las cuales una sustancia dejaría de ser tal sustancia. Los
modos, en cambio, no son propiedades o cualidades esenciales, sino meramente
accidentales.
René Descartes
El atributo de los cuerpos es la extensión (un
cuerpo no puede carecer de extensión; si carece de ella no es un cuerpo), y
todas las demás determinaciones (color, forma, posición, movimiento) son
solamente modos. Y el atributo del espíritu es el pensamiento, pues el espíritu
«piensa siempre». Existe, por lo tanto, una sustancia pensante (res cogitans),
carente de extensión y cuyo atributo es el pensamiento, y una sustancia que
compone los cuerpos físicos (res extensa), cuyo atributo es la extensión, o, si
se prefiere, la tridimensionalidad, cuantitativamente mesurable en un espacio
de tres dimensiones. Ambas son irreductibles entre sí y totalmente separadas.
Es lo que se denomina el «dualismo» cartesiano.
En la medida en que la sustancia de la materia y
de los cuerpos es la extensión, y en que ésta es observable y mesurable, ha de
ser posible explicar sus movimientos y cambios mediante leyes matemáticas. Ello
conduce a la visión mecanicista de la naturaleza: el universo es como una
enorme máquina cuyo funcionamiento podremos llegar a conocer mediante el
estudio y descubrimiento de las leyes matemáticas que lo rigen.
La comunicación de las sustancias
La separación radical entre materia y espíritu es
aplicada rigurosamente, en principio, a todos los seres. Así, los animales no
son más que máquinas muy complejas. Sin embargo, Descartes hace una excepción
cuando se trata del hombre. Dado que está compuesto de cuerpo y alma, y siendo
el cuerpo material y extenso (res extensa), y el alma espiritual y pensante
(res cogitans), debería haber entre ellos una absoluta incomunicación.
No obstante, en el sistema cartesiano esto no
ocurre, sino que el alma y el cuerpo se comunican entre sí, no al modo clásico,
sino de una manera singular. El alma está asentada en la glándula pineal,
situada en el encéfalo, y desde allí rige al cuerpo como «el nauta rige la
nave», por medio de los espíritus animales, sustancias intermedias entre
espíritu y cuerpo a manera de finísimas partículas de sangre, que transmiten al
cuerpo las órdenes del alma. La solución de Descartes no resultó satisfactoria,
y el llamado problema de la comunicación de las sustancias sería largamente
discutido por los filósofos posteriores.
Su influencia
Tanto por no haber definido satisfactoriamente la
noción de sustancia como por el franco dualismo establecido entre las dos
sustancias, Descartes planteó los problemas fundamentales de la filosofía
especulativa europea del siglo XVII. Entendido como sistema estricto y cerrado,
el cartesianismo no tuvo excesivos seguidores y perdió su vigencia en pocas
décadas. Sin embargo, la filosofía cartesiana se convirtió en punto de
referencia para gran número de pensadores, unas veces para intentar resolver
las contradicciones que encerraba, como hicieron los pensadores racionalistas,
y otras para rebatirla frontalmente, como los empiristas.
Así, Nicolás Malebranche intentó, con su doctrina
ocasionalista, conciliar el cartesianismo con la filosofía de San Agustín. El
filósofo alemán Gottfried Wilhelm Leibniz y el holandés Baruch Spinoza
establecieron formas de paralelismo psicofísico para explicar la comunicación
entre cuerpo y alma. Spinoza, de hecho, fue aún más lejos, y afirmó que existía
una sola sustancia, que englobaba en sí el orden de las cosas y el de las
ideas, y de la que la res cogitans y la res extensa no eran sino atributos, con
lo que se llegaba al panteísmo.
Desde un punto de vista completamente opuesto, los
empiristas británicos Thomas Hobbes, John Locke y David Hume negaron que la
idea de una sustancia espiritual fuera demostrable; afirmaron que no existían
ideas innatas y que la filosofía debía reducirse al terreno de lo conocido por
la experiencia. La concepción cartesiana de un universo mecanicista, en fin,
influyó decisivamente en la génesis de la física clásica, cuyo hito fundacional
sería la publicación de los Principios matemáticos de la filosofía natural
(1687), obra en que Newton estableció los tres principios fundamentales de la
dinámica, también llamados leyes de Newton.
No resulta exagerado afirmar, en suma, que si bien
Descartes no llegó a resolver muchos de los problemas que planteó, tales
problemas se convirtieron en cuestiones centrales de la filosofía occidental.
En este sentido, la filosofía moderna (racionalismo, empirismo, idealismo,
materialismo, fenomenología) puede considerarse como un desarrollo o una
reacción al cartesianismo.
(Guillermo de Occam o de Ockham; Ockham, Surrey,
h. 1285 - Múnich, Baviera, 1349) Teólogo escolástico inglés, fundador de la
escuela nominalista. Este fraile franciscano estudió en la Universidad de
Oxford, en la que empezó a enseñar como bachiller desde 1317; el carácter
innovador de sus enseñanzas hizo que nunca se le diera el grado de doctor (razón
por la que se le conoce como el venerable principiante) y que entrara en
conflicto con la Iglesia.
Guillermo de Ockham
El papa Juan XXII le hizo comparecer en su corte
de Aviñón en 1324 y condenó como heréticas muchas de sus doctrinas, incluida su
defensa de la pobreza como exponente del espiritualismo franciscano; fray
Guillermo de Ockham reaccionó huyendo en compañía del general de la orden y
poniéndose bajo la protección del emperador Luis de Baviera en Pisa y luego en
Múnich, lo que le costó la excomunión (1328). Hasta poco antes de su muerte
mantuvo la polémica con los papas sucesivos (Benedicto XII y Clemente VI).
La filosofía nominalista parte de la crítica al
racionalismo y a los conceptos universales: todo conocimiento está basado en la
lógica, operando sobre la percepción sensorial de objetos individuales
concretos; y no deben multiplicarse inútilmente los entes creando conceptos
abstractos que no procedan de la experiencia (esta economía de objetos es la
que luego se conoció como la navaja de Ockham).
Su teoría inductiva del conocimiento, cercana al
empirismo, le llevó a una visión contingente del mundo, en la que abrió amplios
espacios para la libertad. De ella resultaba el carácter meramente probable de
las afirmaciones científicas y la imposibilidad de una demostración rigurosa de
la ley moral e incluso de la existencia de Dios. De manera que su concepción
teológica se fundamentaba en la fe en un Dios omnipotente inasequible por la
razón (dando comienzo con ella la separación entre Teología y Filosofía).
Más inaceptables aún para el Papado fueron sus
propuestas de separación entre la Iglesia y los poderes temporales (ideas que
ya habían provocado años antes la excomunión del emperador); con ellas se
inició la evolución hacia un Estado laico separado de la Iglesia. Guillermo de
Ockham refutó la supuesta infalibilidad de los papas y defendió que el poder de
éstos debía estar limitado por el derecho natural y por la libertad de los
cristianos.
Hijo de una de las familias aristócratas más
influyentes de la Italia meridional, estudió en Montecassino, en cuyo
monasterio benedictino sus padres quisieron que siguiera la carrera
eclesiástica. Posteriormente se trasladó a Nápoles, donde cursó estudios de
artes y teología y entró en contacto con la Orden de los Hermanos Predicadores.
En 1243 manifestó su deseo de ingresar en dicha Orden, pero su familia se opuso
firmemente, e incluso su madre consiguió el permiso de Federico II para que sus
dos hermanos, miembros del ejército imperial, detuvieran a Tomás. Ello ocurrió
en Acquapendente en mayo de 1244, y el santo permaneció retenido en el castillo
de Santo Giovanni durante un año. Tras una queja de Juan el Teutónico, general
de los dominicos, a Federico II, éste accedió a que Tomás fuera puesto en
libertad. Luego se le permitió trasladarse a París, donde permaneció desde 1245
hasta 1256, fecha en que obtuvo el título de maestro en teología.
Durante estos años estuvo al cuidado de San
Alberto Magno, con quien entabló una duradera amistad. Les unía -además del
hecho de pertenecer ambos a la Orden dominica- una visión abierta y tolerante,
aunque no exenta de crítica, del nuevo saber grecoárabe, que por aquellas
fechas llegaba masivamente a las universidades y centros de cultura
occidentales. Tras doctorarse, ocupó una de las cátedras reservadas a los
dominicos, tarea que compatibilizó con la redacción de sus primeras obras, en
las cuales empezó a alejarse de la corriente teológica mayoritaria, derivada de
las enseñanzas de San Agustín de Hipona.
En 1259 regresó a Italia, donde permaneció hasta
1268 al servicio de la corte pontificia en calidad de instructor y consultor
del Papa, a quien acompañaba en sus viajes. Durante estos años redactó varios
comentarios al Pseudo-Dionisio y a Aristóteles, finalizó la Suma contra los
gentiles, obra en la cual repasaba críticamente las filosofías y teologías
presentes a lo largo de la historia, e inició la redacción de su obra capital,
la Suma Teológica, en la que estuvo ocupado entre 1267 y 1274 y que representa
el compendio último de todo su pensamiento.
Tomás de Aquino supo resolver la crisis producida
en el pensamiento cristiano por el averroísmo, interpretación del pensamiento
aristotélico que arranca del filósofo árabe Averroes (1126-1198). El averroísmo
resaltaba la independencia del entendimiento guiado por los sentidos y
planteaba el problema de la doble verdad, es decir, la contradicción de las
verdades del entendimiento y las de la revelación.
En oposición a esta tesis, defendida en la
Universidad de París por Siger de Brabante, afirmó la necesidad de que ambas
fueran compatibles, pues, procediendo de Dios, no podrían entrar en
contradicción; ambas verdades debían ser, además, complementarias, de modo que
las de orden sobrenatural debían ser conocidas por revelación, mientras que las
de orden natural serían accesibles por el entendimiento; filosofía y teología son,
por tanto, distintas y complementarias, siendo ambas racionales, pues la
teología deduce racionalmente a partir de las premisas reveladas.
A medio camino entre el espiritualismo agustiniano
y el naturalismo emergente del averroísmo, defendió un realismo moderado, para
el cual los universales (los conceptos abstractos) existen fundamentalmente in
re (en las cosas) y sólo formalmente post rem (en el entendimiento). En último
término, Tomás de Aquino encontró una vía para conciliar la revalorización del mundo
material que se vivía en Occidente con los dogmas del cristianismo, a través de
una inteligente y bien trabada interpretación de Aristóteles.
(Abu-l Walid Muhammad ibn Rusd, Averroes en su
forma latinizada; Córdoba, 1126 - Marrakech, 1198) Filósofo hispanoárabe. De
familia muy distinguida, su padre había sido cadí de Córdoba durante cierto
tiempo. Su abuelo (que llevaba el mismo nombre que él, Abu l-Walid Muhammad),
había desempeñado este cargo durante largo tiempo, y había sido luego una
autoridad en derecho malikita y consejero de varios soberanos y príncipes.
Averroes
Averroes continuó la tradición jurídica de la
familia y alcanzó, siendo muy joven, fama de gran jurisconsulto, apoyada en el
libro Punto de partida del jurista supremo y de llegada del jurista medio.
Estudió al mismo tiempo teología y materias literarias. Hasta este momento no
había salido de los programas ordinarios escolares de su tiempo; pero no paró
aquí y se dio a conocer al mismo tiempo como médico de gran valor.
Además de medicina, estudió astronomía en el
Almagesto, del que hizo un compendio, y filosofía, en la que le iniciaron,
sobre todo, las obras de Ibn Bayya, el filósofo hispanoárabe muerto en 1139,
conocido en Europa con el nombre de Avempace. Conoció, pues, todo lo conocido
en su tiempo y en su ambiente, y a lo largo de su vida no dejó de profundizar,
no sólo con nuevas lecturas, sino también con reflexiones y observaciones
directas; tanto, que uno de sus biógrafos dice de él que desde la edad de la
razón hasta su muerte no cesó de estudiar, salvo el día de su boda y el de la
muerte de su padre.
El primer califa almohade 'Abd al-Mumin
(1130-1163) le confió varias misiones; su sucesor Yusuf (1163-1184) lo tuvo en
gran estima. El soberano era entendido en filosofía y planteó problemas de esta
disciplina a Averroes cuando le fue presentado por el médico de la corte Ibn
Tufayl, otro filósofo hispanoárabe conocido en Occidente por la novela
místico-filosófica Hayy ibn Yaqzan.
Al principio, Averroes se mostró reticente, porque
conocía (y tendría amarga experiencia de ello al fin de su vida) los riesgos de
profesar la filosofía en un ambiente que tendía a identificarla con la herejía;
pero cuando vio que el mismo califa planteaba un tema arriesgado, ya no vaciló
y conquistó con su doctrina el ánimo de su interlocutor, quien le regaló una
gran suma, un suntuoso abrigo de pieles y una bella cabalgadura. Lo nombró
además médico de corte y le confió, en España y en Marruecos, una serie de
misiones que culminaron en 1182 con el nombramiento de cadí de los cadíes de
Córdoba.
Bajo el reinado del sucesor de Yusuf, Yaqub
al-Mansur (1184-1199), continuaron los honores; pero en 1195, el califa,
cediendo a las presiones de los teólogos y de los canonistas, que veían en las
ciencias profanas, y sobre todo en la filosofía, un peligro para la religión,
publicó un decreto contra los cultivadores de estas disciplinas y confinó en
Lucena, arrabal situado a poca distancia de Córdoba, a su protegido, que había
sufrido el disgusto de ver cómo se quemaban sus obras en la plaza pública y de
verse expulsado, juntamente con su amigo Ibn Zuhr (Avenzohar), de la mezquita
por la plebe fanatizada. Tres años después, en 1198, el califa revocó sus
edictos y volvió a llamar junto a sí a Averroes, que murió pocos meses después
en Marrakesh.
La filosofía de Averroes
Averroes fue conocido en Occidente como "el
Comentador" por haber traducido y divulgado las obras de Aristóteles. De
entre sus numerosas obras, destacan precisamente los Comentarios a Aristóteles,
de los cuales existen el Comentario mayor (1180), en el que explica frase por
frase el corpus aristotélico; el Medio, en el que explica el conjunto de los
textos, y el Pequeño comentario o paráfrasis (1169-78), que resumía su
significado general. También comentó La república de Platón.
Entre las grandes inquietudes de Averroes destacó
la de delimitar las relaciones entre filosofía y religión. Para Averroes, la
religión verdadera se encuentra en la revelación contenida en los libros
sagrados hebreos, cristianos y musulmanes. Pero libros como el Corán, aun
siendo base de la religión verdadera, están dirigidos a todos los hombres, y no
todos tienen la misma capacidad de comprensión. La verdad auténtica sólo la alcanzan
los filósofos, que basan sus conocimientos en demostraciones rigurosas y
absolutamente lógicas. Es obligación de los filósofos descubrir, más allá del
sentido literal del libro sagrado, la idea oculta bajo las imágenes y los
símbolos.
Así, el Corán ofrece una religión natural, de
acuerdo con las enseñanzas de la experiencia común, y capaz de ser entendida
por la mayoría de la gente que no va más allá de la imaginación en su forma de
entender. En este contexto se ubican las dos pruebas sobre la existencia de
Dios propuestas en el Corán. Primera: el mundo no puede deberse al azar, sino
que es obra de un creador, porque todo él está adaptado y ordenado para
mantener la vida del hombre, de los animales y de las plantas. Todo lo que
existe está orientado al servicio del hombre. La segunda: la admirable
disposición y coordinación de todas las cosas entre sí exige un creador. Esto
constituye la religión natural a la cual podrían haber llegado los hombres a
través de las cosas sensibles, con la sola fuerza de su razón, aunque con mucho
trabajo, después de largo tiempo y con riesgo de muchos errores.
Pero el Corán ofrece también otras doctrinas
reveladas, y su originalidad respecto a otros libros sagrados consiste en que
ha expuesto los tres principios esenciales de toda religión en un lenguaje
asequible a todos los hombres; es decir, en el nivel de la imaginación. Esos
tres principios son: la creencia en Dios creador del mundo, la creencia en la
existencia de los ángeles y en la misión de los profetas, y la creencia en la
vida del más allá con el premio o castigo correspondiente a cada uno. Esta
enseñanza se dirige a todos los hombres. Pero a los filósofos y científicos no
les ofrece ideas concretas, sino "sugerencias" en torno a una
realidad suprasensible que deben desarrollar.
El eje de la filosofía de Averroes es la
diferenciación entre el conocimiento humano y el divino. El conocimiento
humano, basado en las cosas sensibles, es de los sentidos y de la imaginación;
no es un conocimiento objetivo, el cual se define como "unidad e identidad
perfecta bajo todo aspecto entre el sujeto y el objeto". El conocimiento
humano mantiene necesariamente una inevitable pluralidad al no estar nunca los
inteligibles totalmente desligados de las formas imaginativas. Además es
incompleto, porque no capta la esencia de las cosas, sino sólo los
"accidentes" de las sustancias.
El conocimiento divino intuitivo, por el
contrario, no depende de las cosas exteriores a la mente, sino que las cosas
dependen de su conocimiento, que es la causa y razón de la existencia de ellas,
y abarca la infinidad de todas juntas. No se basa en la multiplicidad debida a
la clasificación de los seres, sino en la unidad orgánica de la esencia de los
seres, en cada uno de los cuales se manifiesta la sabiduría divina, unidos
entre sí según un orden y coherencia. Dios, conociéndose a sí mismo, produce
las cosas, y ese conocimiento es en sí la concreta realidad objetiva del mundo.
Al doble conocimiento corresponden dos modos en la
realidad. La realidad nouménica del universo es el objeto del conocimiento
intuitivo divino. Ese conocimiento divino es a la vez idéntico a Dios, porque
la actividad cognoscitiva de Dios es la misma actividad productora del mundo.
En esta realidad nouménica el mundo es una creación continua de la fuerza
inmanente en él.
El otro modo es la realidad fenoménica, objeto del
conocimiento discursivo cuya mayor realización se da en la filosofía griega con
Platón y Aristóteles. Según Averroes, el mérito de estos filósofos está en
haber reconocido la necesidad de la existencia de una realidad nouménica
superior (principio supremo, Dios), pero erraron al hablar de ese primer
principio en términos derivados del conocimiento empírico. No se puede pensar
en la voluntad divina al modo de los agentes de la realidad fenoménica.
Averroes señala su posición al respecto en esta escueta afirmación: "Dios
conoce las cosas no porque tenga un determinado atributo, sino porque éstas son
producidas por él en cuanto él las conoce". O sea, que la actividad cognoscitiva
de Dios es por sí misma creadora del mundo.
Siendo el conocimiento de Dios el origen del
mundo, está claro que éste, lo mismo que su hacedor, no puede tener principio
ni fin. Es nuestra mente quien concibe el principio y el fin del mundo, al considerar
la realidad bajo la categoría subjetiva del tiempo. Averroes trata el problema
de la distinción entre tiempo verdadero (tiempo-duración) y tiempo abstracto
(tiempo-medida) en su breve tratado Solución al problema: creación o eternidad
del mundo. El tiempo verdadero no se compone de momentos temporales separados
por un principio y un fin. Debe ser considerado, más bien, como una
circunferencia en la que todo punto es al mismo tiempo principio y fin de un
arco. El tiempo abstracto es el tiempo abstraído de la realidad del mundo, que
se le aplica como medida, y es representado como línea recta (ya sea ésta
finita o infinita).
Averrroes sostuvo además el monopsiquismo, es
decir, la existencia de una sola mente (alma) supraindividual y universal, de
la que la inteligencia (psique) sería una simple y provisional manifestación.
Es decir: el hombre no posee un alma propia, sino que participa, hasta que
muere, del alma colectiva. Contrariamente a las enseñanzas del cristianismo y
del islam, desde el punto de vista del individuo no existe ninguna esperanza de
eternidad: el alma individual está destinada a morir con el cuerpo.
Nociones como ésta valieron a Averroes una condena
de exilio (en 1195) y suscitarían la sospecha de herejía en el averroísmo
latino, orientación filosófica difundida después de 1270 en Occidente y muy
particularmente en París, gracias a las enseñanzas de Siger de Brabante. En
1277, el arzobispo Stefano Tempier condenó 219 tesis sostenidas por
aristotélicos averroistas, empezando así una polémica filosófica que no
terminaría hasta el Renacimiento.
La orientación averroísta que elevaba a
Aristóteles a la categoría de auctoritas incluso por encima de la Biblia se
difundiría a partir del siglo XIII entre las magistri artium, los profesores de
formación laica que controlaban en las universidades la enseñanza de las
scientiae (aritmética, música, geometría) y de la scientia prima, la metafísica
aristotélica. El choque entre estos intelectuales y la ortodoxia religiosa
alcanzó su cima con el Tomismo, pero a pesar de la influencia de Santo Tomás de
Aquino (para quien Averroes había desfigurado las enseñanzas de Aristóteles),
el espíritu del Averroísmo sobrevivió en la tradición aristotélica del
Renacimiento (en particular en Pietro Pomponazzi). Su llamada a la superioridad
de la razón sobre la fe, al valor de la filosofía natural (la práctica
científica) en oposición a la teología, se convirtió en un importante regulador
de la mentalidad científica moderna. En Oriente, en cambio, la filosofía de
Averroes pasó prácticamente desapercibida.
San Agustínnació en Tagaste (Argelia actual) el 13 de noviembre del 354 y murió en
Hipona el 28 de agosto del 430.Su
padre, Patricio, un pagano de posición social acomodada, que luego de una larga
resistencia a la fe, hacia el final de su vida se convierte al cristianismo.
Mónica, su madre, era una devota cristiana.Al enviudar, se consagró totalmente a la conversión de su hijo
Agustín.Lo primero que enseñó a su hijo
Agustín fue a orar, pero luego de verle gozar de esas santas lecciones, sufrió
al ver como iba apartándose de la Verdad hasta que su espíritu se infectó con
los errores maniqueos y, su corazón, con las costumbres de la disoluta
Roma.Mónica confiando en las palabras
de un Santo Obispo que le dijo: “el hijo de tantas lágrimas no puede perderse”,
no cesó de tratar de convertirle por la oración y la persuasión hasta lograrlo.
A los 32 años San Agustín entrega su persona a
Dios, luego de una permanente búsqueda convirtiéndose a la fe católica.Aunque Agustín no pensaba en el sacerdocio,
fue ordenado en el 391 por el Obispo de Hipona, Valero, quien le tomó por
asistente.San
Agustín es uno de los
ejemplos fundamentales de la búsqueda constante de Dios, de la verdad, del
conocimiento. Esta búsqueda no la hizo en soledad sino en estrecha relación con
los otros, en especial su madre Santa Mónica y sus amigos.San Agustín dice: “Necesitamos de los otros
para ser nosotros”.Esta es otra
enseñanza de Agustín, la importancia de la comunidad para la vida personal y
para la búsqueda de la verdad en la reflexión y el diálogo con los otros.
Pocos hombres han poseído un corazón tan afectuoso
y fraternal como el de San Agustín. Se mostraba amable con los infieles y hasta
los invitaba a comer con él, en cambio, se rehusaba a comer con los cristianos
de conductapúblicamenteescandalosa y les imponía las penitencias
canónicas.